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Ireri Chavéz

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Ireri Chavéz

Es Administradora de Empresas de Profesión.

 

Hizo una especialidad en Alta Cocina porque ¡Le encanta Cocinar! Imagina que la cocina es como un laboratorio en donde se puede hacer magia.

 

Es amante de los postres y el pan, así que decidió especializarse en Panadería Saludable.

 

Lleva 9 años de experiencia en Desarrollo de productos de panadería funcional.

 

Se considera apasionada de la nutrición inteligente y por eso es Trofoterapeuta Certificada, orgullosamente egresada del Colegio Mexicano de Trofología.

 

Ha impartido clases de alimentación Natural, Vegana y Vegetariana y ha colaborado para algunas revistas en la sección de salud.

 

Actualmente tiene a su cargo la dirección Administrativa del Colegio, actividad que no la siente como trabajo, sino como la oportunidad de cumplir con su misión de vida.

 

Después de un largo camino de búsqueda, haber llegado a Colegio y además integrarse al equipo de colaboradores, ha sido de los regalos más grades que la vida le ha dado.

 

La Trofología transformó su vida, ama su trabajo, admira a sus colaboradores y le inspira compartir las cosas que para ella han hecho la diferencia y saber que lo que hace puede impactar en otras personas para tener una vida más plena y feliz.

Soy la mayor de dos hijas, nací en la Ciudad de México en el seno de una familia tradicional y podría decir que feliz. Mi papá Biólogo de profesión me inculcó siempre el respeto, cuidado y admiración a la naturaleza. Recuerdo dos consejos de él que quedaron tatuados en mi; el primero fue “Sé tenaz” y el segundo, “No te busques a un pelafustán” (risas). Mi madre ha pasado la vida dedicada a su familia, siendo una mujer muy religiosa y por ende siempre inculcando el amor a Dios de la manera en la que ella lo conceptualiza.

 

A los 12 años, la vida me regala una de las más grandes lecciones, la muerte de mi padre debido al cáncer; y obvio, con ello llegan muchos cambios no solo en la dinámica familiar sino también en la manera en la que personalmente empecé a conceptualizar la vida. Me la tomé muy en serio y creo que fue en ese momento que las palabras  “Salud y Enfermedad” tomaron un significado más real y tangible para mi. Tanto, que en algún momento consideré estudiar medicina para poder “curar a las personas”. Un plan ambicioso con una dosis de inocencia…

 

Por otro lado, mi gusto por la cocina y especialmente por la repostería eran innegables, sin embargo, a pesar de las claras evidencias, para mi no era tan obvio, es como si padeciera una especie de ceguera autoconceptual. Recuerdo que a mis 4 años, pedí ingredientes para hacer unos bisquets  ¡¿te lo puedes imaginar?! Todavía tengo la imagen de mi abuelo Salomón diciendo que habían quedado saladitos y un poco duritos pero estaban buenos (risas). A los 8 años, me emocionaba ir al supermercado con mis papás para que me compraran una cajita de pastel maravilla, de esos a los que solo agregabas leche y aceite y podías cocinar en una olla común y corriente, pero al prepararlo me hacía sentir la mejor repostera del planeta. En la secundaria debía elegir un taller entre 4 opciones que había y por supuesto que para mi existía solo un camino: ¡Cocina! 

 

Años después, debía elegir una carrera ¿y cuál crees que tenía en mente? ¡Claro! Gastronomía… misma que no estudié por considerarla una carrera cara y la economía familiar no podía soportar un gasto así. Pero bien decía mi abuela Columba, ¡todo tiene solución menos la muerte! Por lo que el plan B fue, estudiar administración de empresas, entrar a trabajar lo antes posible para pagar mi carrera y ahorrar para cursar una especialidad en gastronomía, finalmente así ocurrió y la experiencia fue como de otro mundo, podría decir que hasta ese momento no sabía lo que era sentir pasión por lo que haces.

 

Pienso que la cocina es el lugar en donde la magia ocurre, todo se transforma con el  único objetivo de dar momentos de felicidad, goce y placer a uno mismo y a los demás. En cada cosa que preparas dejas un pedacito de ti, de tu esencia y de tu energía. Un platillo no solo nutre el cuerpo, sino también el alma. Comer es más que eso, es compartir, celebrar, nutrir, sanar o enfermar. 

 

Hasta este momento ya había podido desarrollar una de mis grandes pasiones, pero, seguía quedando un tema pendiente… la salud.

De alguna manera tenía idea de la relación entre la comida y la salud pero quería entender más a fondo, buscaba llegar al origen, no sabía cómo ni en dónde buscar. En programas de radio escuchaba que había cierto tipo de comida que se recomendaba evitar por el daño que podía causar al cuerpo pero yo quería entender por qué, qué pasaba exactamente dentro del cuerpo que iba causando ese daño, cuál era la diferencia entre comer una zanahoria y una rebanada de pizza por ejemplo.

 

De pronto llegó a mi cabeza lo que creí era el camino para llegar a donde quería, ¡un Nutriólogo!, ¿quién más? Imaginaba que una consulta era como estar en una mini clase en donde me explicaría lo que tanto había querido saber. Pronto mi emoción desapareció y se convirtió en desilusión al ver que la consulta se limitó a darme una lista de alimentos de consumo libre, una de consumo limitado y una de consumo prohibido, además de tener qué medir y pesar la comida para poder cubrir las porciones y calorías que me correspondían. ¡Era una locura! Comer me estresaba por temor a haber pesado mal los ingredientes, estaba más preocupada por entender si una porción de carne era del tamaño de la palma de mi mano de mi mano entera que por sentir si para mi cuerpo era suficiente o no.

 

A los quince días, tuve una descompensación terrible, no pude terminar mi rutina de ejercicio por la debilidad que sentía, estuve al borde del desmayo además de sentir hormigueo en el brazo izquierdo ¡tremendo susto!  Me di cuenta que una vez más que seguía en la misma situación, no tenía las respuestas que buscaba.

 

Me quedó claro que cuando las respuestas no llegan a ti, tú tienes que ir por ellas, y me volví autodidacta, compré libros de diversos temas;  buscaba en internet, tomaba cursos, en fin… pero seguí sin llegar al punto anhelado.

 

Pasaron años, mismos en los que me enfoqué en desarrollar mis habilidades en la panadería saludable, creando líneas de productos con ingredientes que “no hicieran daño”, usaba harinas integrales, sustitutos de azúcar, bajos en grasa, etc. Fue en ese tiempo en el que ocurrió lo que para mi era el descubrimiento del siglo (risas). Al estar inmersa en la industria de la panificación descubrí un mundo que era ajeno para mi, me di cuenta que en el mercado había infinidad de ingredientes conocidos como aditivos alimentarios que se le agregaban a los productos con diferentes fines, ya sea para mejorar el sabor, la consistencia, el color, la textura, para aumentar rendimientos y vida de anaquel o para disminuir costos. Al ponerme a investigar sobre dichos aditivos me di cuenta que no eran otra cosa que químicos fabricados en laboratorio y en su mayoría con algún grado de toxicidad para el cuerpo humano, ¡BINGO! Ahí estaba parte de la respuesta, ahora iba entendiendo un poco más, los productos que habitualmente consumimos y que nos venden como saludables no son dañinos solo por contener harina o azúcar refinada y grasas saturadas, sino que además están llenos de aditivos químicos que enferman y saturan nuestro cuerpo de toxinas. Todo iba teniendo más sentido.

 

Yo quería más, aprender más, experimentar más pero la pareja que tenía en aquel momento se oponía a eso, decía que para comer bien no se necesitaba estudiar, que eso era obvio y por lo tanto dedicarle tiempo era un desperdicio, y ya saben, como linda mujercita que “debía ser” , con tal de llevar la fiesta en paz frené mis ganas inmensas de descubrir lo que tanto buscaba y con ello la oportunidad de crecer y de sentirme plena, al mismo tiempo que mi corazón iba guardando resentimiento y enojo hacia mi pareja por verlo como el culpable de mi infelicidad  ¿lo puedes creer?

 

Aunque hoy sé, que en el fondo el enojo no era con él sino conmigo misma por permitir que el miedo me paralizara, por no poner límites y principalmente por no serme fiel a mí misma.

 

Pienso que todos tenemos una alerta integrada que suena cada vez que estamos por el camino incorrecto, está en nosotros escucharla o no. En mi caso, siento que a pesar de los años nunca dejó de sonar, solo que fingía no escucharla porque eso era más cómodo para mi a pesar de la frustración, insatisfacción y muerte en vida en la que vivía. De lo contrario, escucharla y hacerle caso implicaba moverme, tomar decisiones, cerrar ciclos, renunciar a comodidades y tomar acción que podría traer consecuencias catastróficas (según yo).

 

Sin embargo, seguía sintiendo que no llegaba aún al punto dónde quería, así que por primera vez en mi vida, decidí de una vez por todas escucharme y hacerme caso, por lo que me inscribí a un diplomado en Bienestar Integral en el que tenía todas mis expectativas y sueños puestos aunque, de nuevo fue decepcionante, las materias no profundizaban como yo esperaba que lo hicieran, y al mes decidí darme de baja, pero fue en una de esas clases en dónde escuché por primera vez un término rarísimo, TROFOLOGÍA.

 

Apenas llegué a mi casa, comencé a buscar en internet el significado y al empezar a leer sentí que todo a mi alrededor se iluminaba, era una sensación de que una especie de puerta, dimensión o yo qué sé empezaba a abrirse. ¡Trofología era lo que venía buscando desde hacía más de 10 años!

 

Busqué instituciones en las que se podía estudiar y cuando vi el temario del diplomado del Colegio y lo comparé con otros, no dudé en llamar y pedir informes. No titubeé y me inscribí, no me importó si sería un motivo más de discusión en mi relación, había llegado lo que tanto había buscado y no iba a dejar pasar la oportunidad.

 

Y sí, como lo suponía, escucharme implicaba tomar decisiones importantes, la principal, terminar con la relación de más de 15 años que tenía sabiendo que junto con ello se irían planes, proyectos y anhelos. Tenía mucho miedo pero en el fondo algo en mi me hacía sentir que todo estaría bien, así que me aferré a ese sentir para mantener la fuerza y permanecer firme en mi decisión y en mi nuevo proyecto de vida. Era MI PROYECTO, solo mío y de nadie más, en él iba a mandar yo, a dirigir yo, a planear yo y a ejecutar yo; me tenía a mi para hacerlo. Jamás olvidaré lo que sentía, era una mezcla de libertad, incertidumbre, miedo, adrenalina, emoción, agradecimiento y ganas inmensas de experimentar; combinación explosiva que generaría una onda expansiva.

 

Y de pronto, ¡La magia empezó a suceder!

Una vez que comencé el Diplomado de Trofología, puertas se fueron abriendo cual piezas de dominó cayendo.

 

A los dos meses llegó la posibilidad de escribir para una revista en la sección de salud, ¿lo puedes creer?, ¡para una revista! El medio perfecto para compartir lo que estaba aprendiendo y empezar a poner mi granito de arena que sumara en esta sociedad.

 

Y así, transcurrieron los meses, sin embargo, el tiempo de finalizar el diplomado se acercaba y yo no tenía con claridad cuál iba a ser el siguiente paso, entré de nuevo en un momento de conflicto interno. Sentía que mi vida era como un rompecabezas sin pies ni cabeza, había estudiado administración, y luego gastronomía, después me especialicé en panadería saludable y ahora trofología, nada tenía sentido, cuál era el rumbo que iba a tomar.

Y de nuevo, el universo comienza a actuar. 

 

Empiezo a trabajar como chef instructor en un centro de nutrición natural impartiendo clases de cocina natural, saludable, vegetariana y vegana.

 

Un par de meses después, gracias a que debía realizar mi servicio social como parte del diplomado en Trofología, conozco en persona a Majo, nada más y nada menos que la fundadora y directora del Colegio Mexicano de Trofología en el que estaba estudiando el diplomado, le cuento sobre mi y un click especial surgió y me invitó a colaborar en el Colegio ¡Mi gran anhelo en ese momento! ¡lo había pedido al Universo! y se estaba materializando.

 

Fue entonces cuando las piezas del rompecabezas empezaron a unirse y tomar forma. Comprendí que todo era como debía ser, mi formación como administradora, mis conocimientos en gastronomía, la trofología, todo embonaba perfecto y me estaba poniendo en el lugar en el que soñaba estar.

 

Hoy tengo un trabajo que no veo como tal, sino como la oportunidad de cumplir con mi misión de vida.

Aprendí a llevar un nuevo estilo de vida que me hace estar y sentir saludable, con más energía que la que tenía hace 20 años, soy Trofoterapeuta Certificada y tengo la gran fortuna de colaborar en el Colegio sumando esfuerzos para poder llegar cada vez a más personas en las que podamos hacer la diferencia y contribuir en que tengan una vida más plena y feliz.

 

Mi más grande lección ha sido serme fiel a mí misma, el día que lo hice, comenzó mi vida.

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Taller de cocina trofológica

$ 2500

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Diplomado en Trofología y Bienestar Integral

$ 26,300

VISTA

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